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2026: Año dulce, de sabor amargo

No habrá quien se queje. No habrá voces agoreras que maldigan al año actual. Bueno, sí, porque el deseo ferviente de ver a la Vinotinto disputando el Mundial han quedado atascadas en las cunetas del desencanto y con la rabia apretada entre los dientes. Aun así, el deporte sigue de fiesta, cruzando los mares de todos los gustos, porque apartando a los campeonatos de cada año, tenis y sus torneos de Grand Slam, la Fórmula Uno y sus carreras de 300 kilómetros por hora, las grandes ligas y sus récords de cada día, y los diversos encuentros de un sinfín de deportes en todos los rincones y países del planeta Tierra, en marzo llegarán los olores y los sabores del repechaje en México, y casi en simultáneo y en el mismo tercer mes del año, el Clásico Mundial de Beisbol. Un poco después, en junio-julio, y cuando aún los comentarios y resacas de las dos expresiones deportivas todavía vibren en las pieles, pues el excitante Mundial de Fútbol…

En toda esta acuarela de amistosas rivalidades Venezuela solo estará en la de beisbol, pero viéndolo bien, tampoco será para amargarse la existencia. El venezolano, por su manera de ser, por ser amplio en la concepción de sus aficiones por el deporte y su amalgama de colores, se entusiasma con todo así no esté la representación tricolor; aunque, en el fondo de todo, allá donde viven las entrañas, quizá no sea como en otros tiempos cuando el Mundial levantaba olas de entusiasmo febril y se torcía por uno o por otro.

Este año había en la gente el deseo irrefrenable y mundialista de estar en las repesca y luego en Estados Unidos, México y Canadá para ligar como nunca en ninguna manifestación futbolística a la Vinotinto. Entonces, chocando con la realidad y que no se vea esto como un despechado consuelo, se irá de bruces con los batazos de la selección de beisbol y en procura de conseguir el boleto al cielo…

En paralelo, y a un costado de los luminosos faros mundiales, el fútbol nacional se alista para iniciar su campeonato. Con la ilusión reverdecida, con el impulso decidido de cada año, espera que el dios del fútbol se acuerde de él y que borre, por favor y vaya que sí, la mala hora de aquellos días terribles de la clasificación suramericana cuando todo cayó por el insondable abismo de la frustración.

Esa podrá ser la pesada carga que tendrá que soportar, mas las revanchas, como el monte, no tienen cercas ni alambrados, y de ese desquite tendrá que asirse. Y a comenzar otra vez, otra vez, como ha sido desde tiempo inmemorial.

Nos vemos por ahí.

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