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… Y que comience la función

El tiempo sicológico puede hacernos una mala jugada. Cuatro años nos pueden parecer algo cercano a la eternidad. Cuatro, cuatro. Mas, al despertar de la pesadilla interminable regresamos al tiempo real: cuarenta y ocho meses “pasan “volando”, como se suele decir, y no son de una extensión infinita. Así las cosas, habría que mirar la vida en los espejos del tiempo, y decir como aquel que en su canto entonaba “el día feliz que está llegando”. Y mañana, a más tardar, el día feliz estará ahí, en el estadio Azteca de Ciudad de México para darle razón al trovador: el día feliz ha llegado con la renovación y esperanza mexicana ante el empeñoso y veloz equipo de África del Sur. Y entonces, se habrá abierto el cofre donde se esconden los cuarenta y ocho misterios del planeta entero, los deseos fervientes de naciones y continentes en procura de aparecer en el mapamundi del fútbol universal…

¿Habrá favoritos, elegidos por los dioses del fútbol? Mañana habrá cuarenta y ocho campeones y más de ocho mil millones de invocaciones, pero la realidad de las cosas hablarán de solo uno: ¿será Francia, Portugal, Argentina, Países Bajos, España, Brasil, Inglaterra, Colombia? Mucho bien le haría al fútbol, al deporte todo y quizá a la sociedad la aparición de un outsider, un inesperado. Un amigo nos decía, en charla futbolera, que le encantaría que alguna selección, de esas de las que poco se habla y se tiene solo como acompañantes de los gigantes, “se pusiera las botas”, como se dice en criollo, y apartara del medio de la avenida a los llamados mejores y se coronara como campeona del mundo. Sí, qué bueno sería acabar con el yugo de los de siempre, pero entonces habría que volverse a despertar, como con el tiempo sicológico, y someterse a los que saben, a los que mejor juegan, aquellos que alguna vez se sentaron en el trono…

El Mundial comenzará en horas. Traerá novedades, estampas viejas y nuevas, episodios insólitos que al final son de todos los días pero que la escena los envuelve en ciertas grandezas. Habrá abrazos, “caramba, no te veía desde el Mundial pasado: ¿no te acuerdas de mí en Catar?”, emocionados encuentros así. Porque, más que rivalidades, los partidos mundialistas entre selecciones no son lo mismo que los que enfrentan a equipos; en estos hay iniquidades, cosas guardadas, revanchas y, algunas veces, odios. Por eso el Mundial es tan necesario, tan urgente, porque un ser humano tiene que estar cerca de otro para entender mejor la vida de todos. Es una comunión, un entendimiento. El anhelo ferviente, inaplazable, por un mundo mejor. Ahora, que comience la función.

Nos vemos por ahí.

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