En una época era conocido como “el equipo millonario” del fútbol venezolano. Las contrataciones, fuera de contexto en aquella realidad de dolientes y deudores, eran el diamante reluciente entre las piedras sin color de la liga nacional. Stalin Rivas fue traído desde Bélgica hasta la Cota 905, sede del club, José Manuel Rey fue contratado por una suma lejos del alcance normal en aquel panorama desolador, llegaron al equipo jugadores africanos y algunos valores venezolanos o importados que dieron lustre y fama a aquella admirada iniciativa.
Así trascurrían los días cuando el doctor Guillermo Valentiner era bastión de la Organización Deportiva Cocodrilos, dueña del Caracas Fútbol Club. Campeonatos, copas Libertadores, vítores, y la gente comenzó a hacerlo suyo con muchedumbres que ya eran parte fundamental de cada partido; todo era fiesta y no había jugador que no quisiera formar parte del plantel en el que todos cobraban a la hora fijada y sin ninguna dilación…
Con el tiempo las cosas comenzaron a cambiar. Después de la desaparición física del doctor Valentiner, el equipo ha sido dirigido y controlado por Philip, hijo del doctor, y con ello la filosofía del grupo ha cambiado. El Caracas, aun sin renunciar al deseo ferviente de conquistar títulos y coronas, ahora no se empecina en deslumbrar con contrataciones para ser campeón, sino más bien en formar jugadores jóvenes para prestar o vender.
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En realidad, tal concepción de la empresa no es mejor ni desmerita lo anterior, porque al final es la manera como se manejan muchos equipos en América del Sur. De esta manera el Caracas mantiene su presencia, su capacidad para seguir haciendo sonar sus tambores. El Caracas, pues, ha cambiado su piel, su manera de llevar al equipo y de seguir siendo un competidor de peso. Ahora, junto a la Academia de Puerto Cabello, ha inscrito su nombre en la Copa Suramericana, una versión futbolística que se ha convertido en una manera de hacer crecer las finanzas de los equipos de la región…
Hoy al Caracas no le va bien. Tutoreado por Fernando “Colorao” Aristeguieta, anda perdido en el lugar 13 entre 14 equipos y sigue sin conseguir el conjuro para alzar el vuelo y hacer contacto con los que marcan el camino. Resultados adversos, particularmente la derrota la semana pasada en el Olímpico ante Táchira, le ha sacado un tajo a las posibilidades del cuadro rojo y blanco.
Los aficionados consecuentes, aquellos que partido a partido pueblan la grada sur del estadio, siguen a la espera de que las antorchas caraquistas alguna vez se enciendan, que aquellos días “de vino y rosas” como cantara alguna vez un trovador, vuelvan a encenderse. Nos vemos por ahí.








