El despido insospechado de Filipe Luis como comandante del Flamengo ha sido un mazazo en el prestigio de los entrenadores de América del Sur. Especialmente entre aquellos que se consideran ganadores, porque si lo despidieron a él, tan vencedor, tan exitoso, ¿qué quedará para nosotros?
Con el equipo de Río de Janeiro, el flaco de Santa Catarina alcanzó tantos trofeos que, dejándonos llevar por el viento de la exageración, no caben en las vitrinas de la Ciudad Deportiva flamenguista, allá frente al lago Rodrigo de Freitas. Ganó torneos estadales y nacionales con el importante Brasilerao como bandera, y culminó su ronda victoriosa con la Copa Libertadores de 2025.
Mas todo esto de nada le valió al ser descubierta su maniobra: a la vez que obtenía galardones con el Fla, mantenía en secreto conversaciones con el Chelsea, equipo con el que jugó varias temporadas.
Todo reventó cuando el cuadro inglés le manifestó que no iría a Londres, sino a Francia a dirigir al Estrasburgo, del mismo propietario. Ahí el entrenador volteó la mirada y trató de entenderse, otra vez, con el equipo de Río; mas, ya con las cosas en claro, los directivos le dieron la espalda.
Así se resume la historia del despido de este triunfador DT; sus colegas ahora miran hacia adentro, en introspección. La hora de los directores técnicos es así: son buenos cuando el equipo vence, culpables cuando caen destartalados por el barranco de las derrotas. Xabi Alonso llegó al Real Madrid después de sus logros en Alemania, pero ya ven, nunca dio en el clavo en el estadio Santiago Bernabéu. Probaba, cambiaba alineaciones, enfrentaba jugadores y dividía el vestuario según nacionalidades y categorías. Abrumado, fuera de sí, nunca entendió que la escuela de Carlo Ancelotti debía ser respetada, y ya sabemos cómo salió: cabeza baja y manos en los bolsillos.
El Real Madrid jugó al trébol, manejó el de cuatro hojas y al final fue a lo seguro: en vez de traer a Jürgen Klopp desde Alemania, enfiló sus baterías hacia Álvaro Arbeloa, que por entonces dirigía al Castilla de la segunda división, y que por ser filial podía manejar mejor las cosas. Pero su historia, llena de incertidumbres, aún está por escribir mejores páginas. Gana y pierde, disputa con el Barcelona la vanguardia española, pero aún no define su verdad; ha tenido jornadas memorables, pero también en las que ha tenido que transitar por la oscuridad los desatinos del club. Ya los forofos de la plaza La Castellana comienzan a mirarse a las caras con gesto que insinúa disgusto, joder…
Pocas profesiones son tan bien pagadas como la de ser técnico de un equipo de fútbol, y en pocas profesiones en el mundo se vive bamboleándose, como funámbulos trapecistas, en la finísima cuerda del circo futbolístico. Ahí están, esperando que la red de salvación esté lista allá abajo, Filipe Luis, Xabi Alonso y Álvaro Arbeloa.
¿Venezolanos alerta?
Mientras la agria despedida de Filipe Luis sacude a la región, los conductores venezolanos miran con precaución a su alrededor, aunque sin sentir las sacudidas por las horas bajas del brasileño.
César Farías en el Barcelona de Guayaquil, Richard Páez en el Cúcuta Deportivo en Colombia, Enrique “Kike” García en el Tauro FC de Panamá parecen seguros en sus lugares, pues sin buscarlo llegaron luego de que esos equipos los reclamaron por una reputación en crecimiento.
Ya en el pasado muchos otros, Rafael Dudamel, por citar al más renombrado de los que ahora no dirigen en el exterior, Gianni Savarese y Francesco Stifano, han mostrado con suficiencia sus conocimientos.
Que entrenadores venezolanos vayan a dirigir más allá de las fronteras no deja de ser una conquista, pues los clichés internacionales tienen al país como tierra de bates y guantes.









