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El “Carrusel Aurinegro” ha vuelto a girar

Deportivo Táchira

Jesús Camargo abrió los brazos triunfales después de haber cobrado el penal decisivo. En ese instante acababa de cerrar el cofre del pasado luminoso y abría la puerta del porvenir de un equipo que ha sido faro de luces encendidas del fútbol venezolano.

Es el Táchira, el Deportivo de toda la vida, así haya tenido varias denominaciones; es el “Carrusel Aurinegro”, como nos dio por llamarlo en aquellos días de trueno cuando Carlos Moreno, con las riendas en las manos, se empinó por las barandas de la historia para vencer al Independiente, 3 a 2, en la tarde dominical de la gloria indiscutible de Pedro Febles y su gol de agonía.

Camargo detuvo un penal de posguerra, en las postrimerías del partido ante The Strongest, para luego ratificar su heroísmo marcando él mismo el de la conquista que extendió sus manos y asió las de un pasado que ahora, y desde la noche del martes pasado, comienza a revivirse en la Copa Libertadores de tantos anhelos.

Porque el Táchira, como buen gocho, se transfiguró de equipo andino en patrimonio de todo el país, y como bandera de San Cristóbal, ha sido el representante de la venezolanidad. “La torcida aurinegra”, “La avalancha sur”, “Comando sur” enfilan sus cantos de hinchadas que hacen sentir que se está en un estadio de Buenos Aires, de Río de Janeiro, de Montevideo… Pero no, es el Pueblo Nuevo, teatro fundamental de aquellos y estos días de palo y palo, de contrastes entre el triunfo y las derrotas; en fin, del sentir del fútbol como en ningún otro lugar de Venezuela.
Sin victorias resonantes y significativas en los años recientes, la gente se había espantado del estadio. Y dolía a los tachirenses aquel panorama desolador, habituados como estaban a mirar con complacencia a las multitudes llenar con alma de fútbol todo espacio posible.

Pero como no hay “ausencia de fútbol que dure cien años ni gocho que la resista”, vimos en el partido ante el escuadrón boliviano una abigarrada masa que parece prometer el regreso a aquellos grandes días. Recordamos uno, en particular: era tal el gentío apiñado alrededor del Pueblo Nuevo, aquel fervor popular, que el propio micro que llevaba al equipo tuvo serias dificultades para entrar al recinto.

Con rivalidades como no hay otras otra en el país, El Deportivo Táchira ha mantenido en el pasado su antagonismo andino con Estudiantes de Mérida, su vecino geográfico, un enfrentamiento que en los días que corren lo ha asumido el Caracas FC. Son bravos sus choques, sus cara a cara, y tal vez, aunque los jugadores que por su juventud no lo sepan, encierra el hecho histórico de la guerra por el poder: andinos orgullosos contra capitalinos altivos.

Qué bueno que se así, que siga siendo así. Que siga la enemistad en los campos, y que el Táchira, a paso de venezolano, asuma de nuevo, dondequiera que esté, ser la reconocida escuela del fútbol nacional.

Aquellos días de 1987…

No había miedo escénico; la muchedumbre acostumbraba plenar el estadio, pero sí respeto por el tamaño del rival, ya campeón mundial de clubes en los enfrentamientos de Europa vs América.

Un gol de Carlos Maldonado abrió el abanico de las esperanzas, y minutos después fue Daniel Francovic, empeñado en ser historia, quien le pegó largo a la bola. El envío picó en la encharcada grama, dio un rebote inesperado y sobró al arquero Luis islas. Gol insólito de arco a arco, y aunque los argentinos reaccionaron hasta llegar a la igualada, Pedro Febles, cuánta determinación, apareció para enmarañar la pelota en la red sureña y, con las venas de su cuello brotadas en su canto victorioso, dar a Venezuela toda la gloria.

Días después llegó el empate con Rosario Central, y los gochos se enfilaban hacia la representación de ser la Vinotinto de aquellos días.

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