Los aficionados se preocupan y conjeturan, como si aquello fuera el fin del mundo, con los avatares de camerino del Real Madrid. Más que señales de que algo anda mal, hay discusiones cerradas al comienzo, abiertas cuando uno de ellos, sean Vinicius, Kylian Mbappé o Federico Valverde, alza su voz para que afloren aquellas cosas guardadas y que solo en momentos así, de crispación, contaminan el mal aire del lugar.
No hay equipo en el que no pasen estas cosas. Hay diferencias humanas, especialmente egos, y controlarlos es a menudo el trabajo más difícil para un director técnico. Sucede también en el Barcelona, pero con otro color, menos agresivo que en el Madrid. En el Barsa se ventilan diminuteces, porque la ausencia de un jugador de alto nombre hace que las diferencias sean de tono más benigno.
En la tarde de la final del Mundial de Francia, en 1998, posiciones enfrentadas ante la enfermedad de Ronaldo terminaron en un altercado entre dos facciones del equipo brasilero: una liderada por Dunga, quien por los ataques al parecer de epilepsia no quería que el astro jugara el partido, y la otra, en la que otros jugadores, entre ellos Bebeto y Roberto Carlos, insistían en que el centro delantero saltara la cancha. En la alineación de Brasil ese día aparecía Edmundo, pero cuando el equipo salió al campo para disputar el capítulo donde se decidiría el vencedor del torneo, estaba Ronaldo: ¿qué paso, quien convenció a Dunga?
Ahora saltemos en el tiempo y hablemos del Mundial de Estados Unidos 1994. Andando por una avenida, encabezando a un gentío y llevando una bandera, Hristo Stoichkov cantaba a tofo grito una canción búlgara. Horas antes había peleado con sus compañeros, que luego de los insultos y la batalla “se reunían en una esquina, como una pandilla, para abrazarse ante de llegar al estadio a jugar el partido”, así lo describía Carlos Salvador Bilardo, el técnico argentino para graficar la situación.
El fútbol es un equipo, pero más que eso, es un grupo humano que aunque tienen el interés común de vencer, también mantienen diferentes caracteres y maneras de ver las cosas. Quieren ganar, pero los caminos suelen ser otros. Recordemos “Ensayo sobre la ceguera”, de José Saramago. En el libro, un contingente de personas invidentes se refugian en una escuela abandonada, y aunque todas tienen el interés de ver de nuevo y salir a la calle, se establece entre ellas, como si fueran clases sociales, alternas formas de afrontar las dificultades.
Así pues, que no habrá que escandalizarse y sacar ligeras conclusiones porque Vinicius, Mbappé y Valverde enfrenten al técnico Xabi Alonso. Son pareceres y hasta bravuconadas de jugadores, “yo me voy de este equipo”, para luego saltar a la cancha, hacerle un gol a cualquiera y correr hacia el graderío mostrando con orgullo el escudo timbrado en la camiseta del club de sus afectos.
En la Vinotinto también pasó
Si volteamos la historia, podríamos echar una mirada a la VInotinto en los turbulentos días de Noel Sanvicente como entrenador. Sin entender su papel, y menos el de los jugadores que por entonces alineaban en los equipos europeos, se enredó en una maraña de tratos con varios de ellos, aunque especialmente con Juan Arango.
El mediocampista se sentía irrespetado, porque consideraba que el conductor de la selección no podía tratarlos a ellos, que eran figuras conocidas, como a los muchachos del fútbol venezolano. Poco después y sintiéndose maltratado, el capitán de la selección, disgustado, desencantado, anunció su adiós a las canchas.
Recientemente, en ocasión del partido decisivo jugado en Maturín, emergieron discusiones entre jugadores y Fernando Batista, el técnico nacional, por el comportamiento de algunos ante el trascendente compromiso.








