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Ni el VAR puede con el caos…

VAR - UEFA - Champions

Un partido en Ecuador y los jugadores rodean al árbitro por tamaña “injusticia”. Vociferan, sueltan palabras que harían enrojecer a los miembros de la Real Academia del Idioma Español. En Argentina empujan al juez y gritan improperios, porque nos han dado una sentencia “contraria e inaudita”. En Turquía no se quedan atrás: una pelea colectiva, una piñata de golpes voladores, el hombre del pito no consigue cómo salirse del tumulto. En Venezuela también participa del festín: los insultos llenan la cancha y se entreveran en un galimatías de baja ralea entreverada con los recuerdos a las madres de los contrarios. En estos países nombrados y en todas partes del planeta donde se juegue fútbol hay berrinche, mala educación, visiones caóticas, patadas al adversario, maledicencias, actos primitivos que envían al hombre a sus orígenes en las cuevas de Lascaux, en Francia, y Altamira, en España…

Hacemos este recuento de bochornosos actos de prehistóricas conductas para derribar aquella pretensión de onmipresencia al llamado VAR. Se decía que su implementación en las canchas del mundo iba a ser para la exactitud y para que no hubiese desagrados en las decisiones arbitrales, para que todo fuese en justicia como Dios manda. Y, visto así, más o menos se ha logrado. Pero no era ese todo el propósito. Se puso en rodaje el VAR para evitar, escudándose en las leyes del campo, que el comportamiento de los futbolistas fuese un llamado a la corrección, que no hubiese tumultos, y que hicieran del fútbol un deporte de caballeros cultos, educados, casi como salidos de una escuela de modelaje…

Todo eso fue una utopía, o mejor dicho, un cuento de hadas que trajo a la memoria aquellos de La India que leíamos a los hijos en la infancia, o el “Sueño de una noche de verano” de William Shakespeare. Hoy, como ayer, como antier y como toda la vida desde que el fútbol es fútbol, en el que la incorrección y la mala lengua continúan en un deporte en el que la fricción y el cuerpo a cuerpo le son propios, los jugadores pretenden justificar esta locura. A veces hay arrepentimiento, palmadas en el hombro, “perdóname la falta, fue sin querer” y tal vez haya en esto algún resquicio de sinceridad, pero en la siguiente acción, en el próximo partido y cada vez que se siente perjudicado por el señor árbitro, vuelvan a la cancha y a los ojos de la televisión, las infortunadas acciones. Tarjeta amarilla, tarjeta roja: ¿serán suficientes para calmar la tormenta, o habrá que reinventar lo que ya está inventado?

Nos vemos por ahí.

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