Cuando la vida se va en un segundo, en una pequeñísima parte del tiempo, se aprecia todo lo que se tiene y lo que se ha tenido. Tal sensación debe haber sentido Xabi Alonso el domingo, cuando a su equipo, el Real Madrid, le empataron el partido. El duro y escurridizo Alavés, siempre una dificultad para los equipos grandes, planteó un juego enigmático y difícil de descifrar, y que mantuvo en el filo del acantilado las pretensiones del entrenador madridista.
Al final de la jornada el hombre respiró, se dio cuenta de su angustia superada, y miró hacia atrás, hacia el pasado reciente, y entonces entendió la importancia capital de estar donde el fútbol lo había apuesto. El gol de Rodrygo, salvador de tantas cosas, le dio a Alonso la posibilidad de mirar el panorama con más claridad, con menos nubarrones grises, y, al fin, de pensar en el próximo partido de su gente…
El gol del atacante brasileño, siempre subestimado pero que en los momentos de apremio siempre está ahí, donde tiene que estar, llevó agua para el molino de la esperanza blanca. Minutos antes, la existencia del técnico ya casi no era. Era, más bien, un manojo de pensamientos confusos, qué hice, qué estoy haciendo, sigo aquí, para dónde me voy… escribimos estas líneas pensando en la enorme cantidad de aficionados venezolanos que, en virtud de los medios publicitarios y de la comunicación moderna, han hecho del Real Madrid una especie de sustituto en los afectos de la selección Vinotinto.
Bueno, al menos por unos días, Xabi Alonso sigue ahí, un tanto alejado del imaginario cadalso de la despedida. Porque hay que pensar que salir del Madrid es renunciar al cielo del fútbol, porque ¿a dónde se puede ir después, en qué limbo se puede caer con cierta dignidad?…
El adiós final de Xabier Azcargorta ha sido un gancho de derecha al mentón del fútbol suramericano. Cuando corría 1994, y ante la sorpresa general, Bolivia venció a casi todos sus rivales en La Paz y clasificó al Mundial de Estados Unidos con “El BIgotón” al comando. Fue un equipo maravilloso, como no se ha podido repetir en el altiplano, con aquellos jugadores, Marco “Diablo” Etcheverri como baluarte fundamental, Luis Cristaldo, Erwin “Platiní” Sánchez, el arquero Carlos Trucco, Julio César Baldivieso, que fraguaron el milagro.
Bolivia jugó en la inauguración ante Alemania, y se dio el hecho curioso de que Etcheverry, quien se curaba una fractura y por eso estaba en el banco, entró al partido y con solo un minuto en la cancha fue expulsado por una falta violenta. Estos recuerdos de su triunfal y querido quehacer forman parte del legado de Azcargorta, que desde entonces viven en corazón de Bolivia.
Nos vemos por ahí.









